domingo, octubre 21, 2007

Capítulo V: Completito

Milagros abrió la puerta y saludó a su hermana con un fuerte abrazo. Pese a verse bastante seguido, solían saludarse así.
Milagros, al igual que su hermana era hermosa, como si el apellido fuera una garantía.
Sus padres solían recibir la queja sobre por qué sólo dos hijas, deberían haber seguido indefinidamente.
Milagros era un año y medio menor que Consuelo, y la relación entre ellas era muy buena. Probablemente porque vinieron desde España en una edad difícil, cuando ambas estaban entrando en la adolescencia y la necesidad de conocer gente nueva y hacerse nuevos amigos, se encontraron la una con la otra.
Tenían muchas cosas en común, aparte de la sangre. Ambas resultaron ser mujeres responsables y trabajadoras, aunque un tanto soñadoras y románticas. Como si se dividieran en dos: la parte gobernada por el cerebro, extremadamente pragmática y operativa; y la parte gobernada por el corazón, más de una vez dolida, el anverso de la anterior.
Milagros era ese tipo de mujer capaz de dejarte sin aliento de sólo saber que está cerca. Un par de centímetros más alta que Consuelo, tenía también ese misterioso poder en los ojos, inmensamente verdes.
Es prácticamente inútil cualquier intento mío por describirla, ya que seguramente no seré capaz de honrarla debidamente con mis palabras.
Milagros es la prueba viviente de que no sólo Dios existe, sino que además es fanfarrón.
-“Hola, Consuelo, ¿Cómo estás?” preguntó.



-“ Bien, ¿qué sé yo? Sí, bien”. Recién en ese momento terminaron de abrazarse y pasaron al departamento.
Se tiraron en los sillones, y se quedaron mirando sonrientes un par de segundos mientras sonaba la música de fondo en el equipo.
Por fin Milagros preguntó:
-“¿Y? ¡Anda, dime qué pasa!”
Consuelo demoró un segundo.
-“Anda, comienza a hablar mientras traigo el café” siguió Milagros.
Era muy raro que Consuelo no supiera por dónde comenzar, pero se había bloqueado.
Milagros volvió con los cafés y cuando le entregó el suyo a Consuelo aprovechó para mirarla a los ojos y soltar:
-“¿Es guapo?”
-“Sí, en verdad que sí”. Al parecer hacía falta un empujoncito para que empezara a hablar.
-“Le conocí en el bar donde nos solemos juntar tú y yo ¿sabes?, él estaba sentado a cuatro o cinco mesas de distancia, escribiendo…”
-“¿Escritor?” interrumpió Milagros.
-“Dijo que no lo era seriamente”.
-“Pero eso lo dicen todos los escritores a modo de falsa modestia o mentira dolorosa”.Sonó casi a sentencia. "Sólo los que escriben mal dicen que sí lo son".
-“Puede ser, pero en ese momento él estaba escribiendo una carta”.
-“¿Una carta? ¿A quién?”
-“A un amor; yo no sé ilusiones de qué me hago, si le escribe a un amor” Como lo dijo, parecía buscar el apoyo de su hermana.
-“Sí, pero ¿quién sabe? Probablemente es su forma de decirle adiós”. Ella entendió al instante lo que Consuelo buscaba con su comentario y se lo dio.- “Probablemente le escribía porque no te conocía, seguramente desistió de enviarla al conocerte”.
Esa clase de apoyo era la que fortalecía la relación entre las hermanas; siempre sabían qué necesitaba la otra y se lo brindaban mutuamente.
-“Conversamos cinco minutos y me fui”.
-“¿Te fuiste?”
-“Sí, al rato lo volví a encontrar y hablamos otros diez minutos”.
-“Es decir que conoces al tipo por quince minutos…” esta vez Milagros frunció el entrecejo. Ya que Consuelo estaba ocupada en utilizar su parte soñadora, a ella le correspondía mantenerse en tierra.
-“Sí, pero fue… suficiente, no me lo puedo sacar de la mente”.
-“¿Y le has dado tu teléfono o algo?”
-“Hemos quedado en vernos en el bar, este viernes a la noche”
Milagros seguía con el mismo gesto.
-“Acompáñame” pidió Consuelo.
-“¿Qué? No, de ninguna manera voy a estar allí de chaperona” se apuró a contestar.
-“Quédate en la barra, quiero que lo veas, así después podemos conversar bien sobre él”
-“Bueno, pero me debes una” dudó al responder.
Consuelo se quedó un rato largo conversando con Milagros, pero cambiaron de tema, y actualizaron los cuatro días que no se veían, hasta lograr nuevamente el conocimiento total de la vida de cada una.




Vi que eran las nueve y media de la noche, y me acuerdo bien porque era la hora del comienzo del partido, así que armé todo un snack bar en mi mesa, con toda clase de cosas: chizitos, palitos, papas fritas, salamín, queso y morcilla fría; una cerveza bien helada, una silla para apoyar los pies y ver muy tranquilo cómo nuestra selección se clasificaría para el mundial.
No me quise poner demasiado cómodo aún, porque todavía no había llegado Gastón y tendría que levantarme a abrirle.
Sonó el timbre, entonces fui a la puerta, y para mi sorpresa, Gastón había decidido traer a Lucila, su hermana, a ver el partido. Como no me avisó, mi look no me favorecía en nada, ya que ese día había evitado afeitarme, y tenía puesta la camiseta de la selección.
Encima, Gastón sabe que yo estoy enamorado de su hermana desde hace años.
Extrañamente, a Gastón no le molesta demasiado. Siempre me dice que está todo bien, total seguro que no me da bola y que si me llega a dar bola, después me va a terminar rompiendo el corazón y dejarme hecho pelota.
De cualquier manera... me tendría que haber avisado.
-“¡Hola, Lucila, pasá!”
-“¡Hola, Zorba… permiso! Nos conocemos hace mucho tiempo y nuestra relación es muy buena, claro que parte de la clave es que no sabe lo que siento por ella.
-“Pasá, viejo, pasá” Aproveché para pegarle un poco cuando lo saludé: él, sabiendo el por qué, no opuso resistencia.
El partido no fue demasiado entretenido, pero aprovechamos para conversar, y en un momento en que Gastón fue al baño, le pregunté a Lucila por el novio.
-“No, hace como dos semanas que no salimos más, es un boludo”.
- “¿Por qué? ¿Qué te hizo?”
-“¡Ay, Zorba… vos siempre tan cuida!” Claro, me veía como otro hermano.
-“Es que vos sabés, al que te lastime lo reviento ¡eh!" soné medio a broma, es que además, yo no puedo reventar a nadie.
-“¿Y vos? ¿Para cuándo novia?”
-“No, yo sigo esperando que vos me des bola” Había hecho tantas veces esa clase de comentarios, que cuando le dijera algo en serio a Lucila no me creería.
Ella sólo rió y cuando Gastón volvió, nuestra charla fue interrumpida por un gol sobre el final del partido.

Antes de irse, Gastón me preguntó:
-“Che, Zorba, ¿Qué hacés el viernes a la noche?”
-“¿Pero el viernes no te encontrás con...?” no me dejó terminar
-“Sí, por eso quiero que vengas”.
-¿Que vaya? ¿para qué? ¿Para estar de más? No, dejá nomás”.
-“No, sentate en la barra, quiero que la conozcas, así después me decís si estoy loco”
-“Bueno –dije de mala gana - ¿a qué hora se juntan?”
-“A las once”
-“No me esperes, yo voy por mi cuenta, la veo y me rajo, ¿ok?”
-“Bueno, dale, chau viejo”
-“Chau, Zorba” dijo Lucila.
Los saludé y volví adentro.
Tendría que haberle dicho a Lucila que viniera, pero no sabía si Gastón le había contado de la misteriosa Consuelo o no.
De cualquier manera, aparentemente íbamos a ser varios en el bar ese viernes a la noche. Claro que yo aún no lo sabía.

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