Capítulo II Continuación
"La carta, a ver, cómo era, a ver, te quiero tanto... que casi es patológico, mentís si me decís que nunca me quisiste..." Decía para sí mismo, aunque en voz alta.
-"Oye, ven aquí, bajo techo, que el aguacero pronto pasará".
Tembló al escucharla, ¿sería posible? La voz era la misma. Tenía miedo de darse vuelta y llevarse una desilusión de habérsela imaginado.
-"Hala, ¿no vienes?" repitió la voz.
Esta vez sí se dio vuelta, y agradeció que fuera la misma mujer del bar, y para colmo de suertes, estaba mojada por la lluvia.
Gastón se fijó en su cabello y esos ojos cada vez más fuertes e intrigantes.
Yo me hubiera dado cuenta antes que él que su remera blanca estaba mojada tyambién, pero él era mucho más caballero que yo y sabría también disimular mejor cuando reparara en tal detalle.
Ella tenía un brazo cruzado, mientras con la mano del otro brazo sostenía un cigarrillo. Ese tipo de pose que sólo una mujer puede lograr que quede bien (las mujeres tienen ese extraño don de ser infinitamente más agradables que los hombres, y no ser tan grotescas como cualquiera de nosotros), y en ella esa pose quedaba de retratarla.
Sonreía de una manera muy suya, como si fuera la cabeza de todo un complot internacional dispuesta a cambiar el orden del mundo, y estuviera felicitando con un guiño a un cómplice.
Pitó una vez, una pitada no demasiado larga, y luego, soltando el humo hacia arriba, como si tuviera cada uno de sus movimientos calculados, le dijo nuevamente a Gastón:
-"Ven aquí, bajo techo, o pescarás un resfriado".
-"¿Por qué te fuiste tan rápido? Yo salí y ya no te vi." - respondía él al acercarse.
Quedaron a la par, uno al lado del otro, contra la pared para resguardarse.
-"Mejor así, ahora soy un misterio para tí" ¿Cómo era posible que una persona fuera tan segura y determinada a la hora de soltar cada una de sus medidas palabras?
-"Muy bien, misteriosa dama de indescriptiblemente bellos ojos verdes, ¿quién eres?"
-"Para ser escritor, hablas con muchos clichés, pero por esta vez, aceptaré el cumplido". Recién en ese momento se volvió para mirarlo, como convidándole sus ojos, y luego regresó a contemplar la lluvia y su cigarrillo.
-"¿Y quién eres?" insistió.
-"Mi nombre es Consuelo, pero eso no creo que responda satisfactoriamente tu pregunta".
Esa mujer debía haber estudiado para comportarse así en público; ningún humano puede tener tanta clase tan abrumadoramente.
-"Y entonces ¿quién eres?" preguntó una vez más, arrasado y atontado por tan magnífica acompañante.
-"¿No te puedes quedar con sólo saber el rótulo por esta vez?" le preguntó, y en su rostro se dibujó una mueca de ésas capaces de conseguir exactamente lo que sea (débil, débil animal el hombre) de nosotros.
"Además... ¿qué responderías tú a la misma pregunta?" Extrañamente no sonó como un desafío.
-"Gastón Santamaría, buen tipo, con buenos amigos, suerte, trabajo y algún que otro hobbie, además de unos cuantos tornillos flojos y otros cachivaches sueltos en mi cabeza".
Pensar que él podía decir cosas como ésas y aún así las mujeres seguir interesadas en él; mundo cruel y despiadado.
Consuelo tomó a bien la respuesta y suavizó sus ataques.
-"¿Y qué piensas hacer con eso?"
-"La verdad no me preocupa seguir perdiendo tornillos, lo que no quiero perder son amigos... y oportunidades". Levantó la vista para ver cómo tomaba Consuelo sus palabras. Aparentemente bien.
-"Y con la carta, ¿qué harás?"
-"Realmente no sé".
lunes, febrero 19, 2007
viernes, diciembre 22, 2006
Capítulo II
Él salió del bar y miró a ambos lados, pero no pudo encontrarla por ninguna parte, y para peor, había comenzado a llover. Y no era una llovizna, sino más bien una tormenta que iba para rato, así que era mejor irse.
Simplemente se fue.
Corría por las veredas, y como no llevaba paraguas, estaba mojado de pies a cabeza; aunque realmente le importaba poco, seguía pensando en la misteriosa mujer que se le había presentado para luego esfumarse.
¿De dónde habría venido? O más importante aún ¿A dónde se habría ido?
Todavía sentía esos irresistibles y tentadoramente tremendos ojos verdes sobre sí; lo cual no le disgustaba, sólo le preocupaba no volver a verla.
De repente, recordó la carta que estaba escribiendo para Constanza, SU AMOR, como solía contarme (y aburrirme) cada vez que nos juntábamos a tomar un café o una cerveza a la nochecita.
Él salió del bar y miró a ambos lados, pero no pudo encontrarla por ninguna parte, y para peor, había comenzado a llover. Y no era una llovizna, sino más bien una tormenta que iba para rato, así que era mejor irse.
Simplemente se fue.
Corría por las veredas, y como no llevaba paraguas, estaba mojado de pies a cabeza; aunque realmente le importaba poco, seguía pensando en la misteriosa mujer que se le había presentado para luego esfumarse.
¿De dónde habría venido? O más importante aún ¿A dónde se habría ido?
Todavía sentía esos irresistibles y tentadoramente tremendos ojos verdes sobre sí; lo cual no le disgustaba, sólo le preocupaba no volver a verla.
De repente, recordó la carta que estaba escribiendo para Constanza, SU AMOR, como solía contarme (y aburrirme) cada vez que nos juntábamos a tomar un café o una cerveza a la nochecita.
sábado, diciembre 09, 2006
Capítulo 1
"Te quiero tanto que casi es patológico".
El bar estaba repleto, y como si eso no fuera suficiente para su problema de concentración, aquella mujer no cesaba de mirarlo con insistencia.
Cada vez que alzaba la vista estaban sobre él esos indescriptiblemente fuertes ojos verdes.
Él, apenas si pestañeaba esos segundos, hasta que sentía nuevamente la birome en la mano y volvía a bajar la mirada.
"Te quiero tanto, que casi es patológico". Le parecía que no era correcto escribir esa frase. Arrugó esa hoja de papel y volvió a la carga.
"Te extraño mucho, quizás demasiado". Esta vez tachó su frase con furia.
Alzó los ojos, nuevamente se quedó petrificado. ¿Qué demonios endría esa mujer en sus pupilas, que lo atraían tanto? ¿Cómo evitar la hipnosis, entonces?
"Me duele tu olvido, y sufre mi recuerdo".
No, definitivamente no, volvería a la versión original.
"Te quiero tanto que casi es patológico", ahora ya veía esa frase con más sentido, sobre todo luego de las dos anteriores.
"Mentís si me decís que nunca me quisiste, quizás yo también mienta al decirte te amo, pero lo creo también yo, aunque me esté engañando".
Una vez más sintió que lo observaba esa mujer, pero ahora intentó evitar su mirada y ver cómo era ella toda.
"¡Maldita sea!" - pensó, y claro, era muy hermosa, le iba a costar el doble concentrarse.
Él le sonrió y saludó con la cabeza y el vaso a la vez. Cuando sonreía se le formaban dos hoyuelos en las mejillas que hacían que las mujeres se sintieran atraídas por él, y tenía un aspecto tan inocente que les despertaba el instinto maternal; sus amigos lo odiaban por eso.
Era uno de los pocos tipos que alguna vez conocí, que fuera capaz de lograr que las mujeres se acercaran a él y realizaran la cacería; él era sólo un indefenso cachorrito acechado por las leonas... yo también supe odiarlo por eso, pero ya no, resultamos grandes amigos (aunque ésa es otra historia).
Decía, le sonrió y fue infalible; ella cruzó el bar, casi deslizándose, como si fuera etérea, como si fuera de otro mundo, y él sólo tragó saliva.
-"¿Te molesta?" - preguntó mientras tomaba el respaldo de una silla.
-"¿Cómo habría de molestarme?" - fue la respuesta que soltó.
-"Te veo que hace rato que estás renegando con ese papel, ¿eres escritor?".
-"No, bah, no seriamente: además, sólo estoy escribiendo una carta".
-"¡Ay, mi chiquito!, no digas ´sólo una carta´; nunca subestimes le poder de una carta". - Recién en ese momento se sentó. Él tuvo suficiente tiempo para examinarla y confirmar su primera impresión: era hermosa.
Su pelo largo, lacio y negro enmarcaba su rostro de una manera perfecta, que él pensó que Dios recién después de crearla pudo por fin descansar.
Sus facciones eran delicadas y preciosas, pero no mostraban sino determinación e invulnerabilidad, como si dos gárgolas la estuvieran custodiando a cada momento.
Y sus ojos... ¿Cuántos habrán fallecido en el intento de conquistarlos? ¿Cuántos habrán intentado descifrarlos? ¿Cuántos sólo habrán intentado?
Con una profundidad soñada miraban como sin necesidad de ver, como si sólo hubiera que contemplarlos.
- "No subestimo el poder de las cartas, ésta es una carta, bah, alguna vez quizás lo será". Él ya no se preocuparía por eso ahora, simplemente seguiría conversando según su partennaire lo indicara.
- "¿Y a quién la envías?" - Tembló al escucharla, porque recién en ese momento, tras el obnubilamiento inicial, se dio cuenta que no era de aquí, tenía tonada española, y eso lo solía volver loco (eso lo tenemos en común con Gastón).
- "Esteee, a un amor pasado, olvidado"... Intentó que sonara natural.
- "¿Cómo puedes haber olvidado algo y escribirle?"
- "Un amor esquivo, dolido" - dudaba al hablar, pero aún así sonaba bien lo que decía. "qué sé yo, a un amor que me ha hecho sufrir..."
- "Pero con esas palabras describes al amor, lisa y llanamente, puede ser tu novia, tu mujer, tu amante o ninguna de ellas". Con desafiante autoridad emitía sus frases; incluso con algo de malicia.
- "Bueno, éste es un amor que difícilmente vaya a comer perdices". Intentaba no sentirse avasallado por su seguridad. "Éste es un amor terminado".
- "¿Y le escribes un broche final?" La malicia con que lanzaba sus sarcasmos era violenta pero formaba parte de su encanto.
- "El final ya lo tuvo, quizás sea el prólogo de la secuela, si no, será sólo una carta..." Logró salir sin heridas de ese primer embate, pero faltaría mucho más.
- "¿Y a quién le escribes?"
- "¿La carta?" buscaba ganar tiempo.
- "La carta y tus escritos, ¿de dónde sacas musas?"
Gastón vio una debilidad y retrucó.
- "La carta a una ex novia, mi musa se presenta generalmente bajo la forma de una hermosa mujer en un bar..." Terminó la frase y tomó un trago casi con displicencia, como brindando consigo mismo.
- "¿Y no te molestan las cursilerías?" Un revés muy veloz encontró para su remate.
- "No me preocupa sonar cursi, me preocupa más sonar grosero".
Se defendía con uñas y dientes, pero naturalmente, la inteligencia de ella lo superaba, cualquier mujer lo haría.
- "Me has intrigado y quería saber quién eras; aparentemente no eres tan tonto, a pesar de ser guapo".
- "Se agradece tan dudoso cumplido, y a riesgo de sonar cursi, debo decir que me parecés muy bella, muy, y recalco el muy".
- "Calma niño, que es temprano, si quieres ver amanecer, espera antes que anochezca".
- "Sí, pero también viceversa".
Ella de reojo vio su reloj y se levantó para irse, dijo adiós y salió.
Él la siguió, dio dos pasos, regresó, tomó sus cosas, le alcanzó el dinero al mozo y se fue.
"Te quiero tanto que casi es patológico".
El bar estaba repleto, y como si eso no fuera suficiente para su problema de concentración, aquella mujer no cesaba de mirarlo con insistencia.
Cada vez que alzaba la vista estaban sobre él esos indescriptiblemente fuertes ojos verdes.
Él, apenas si pestañeaba esos segundos, hasta que sentía nuevamente la birome en la mano y volvía a bajar la mirada.
"Te quiero tanto, que casi es patológico". Le parecía que no era correcto escribir esa frase. Arrugó esa hoja de papel y volvió a la carga.
"Te extraño mucho, quizás demasiado". Esta vez tachó su frase con furia.
Alzó los ojos, nuevamente se quedó petrificado. ¿Qué demonios endría esa mujer en sus pupilas, que lo atraían tanto? ¿Cómo evitar la hipnosis, entonces?
"Me duele tu olvido, y sufre mi recuerdo".
No, definitivamente no, volvería a la versión original.
"Te quiero tanto que casi es patológico", ahora ya veía esa frase con más sentido, sobre todo luego de las dos anteriores.
"Mentís si me decís que nunca me quisiste, quizás yo también mienta al decirte te amo, pero lo creo también yo, aunque me esté engañando".
Una vez más sintió que lo observaba esa mujer, pero ahora intentó evitar su mirada y ver cómo era ella toda.
"¡Maldita sea!" - pensó, y claro, era muy hermosa, le iba a costar el doble concentrarse.
Él le sonrió y saludó con la cabeza y el vaso a la vez. Cuando sonreía se le formaban dos hoyuelos en las mejillas que hacían que las mujeres se sintieran atraídas por él, y tenía un aspecto tan inocente que les despertaba el instinto maternal; sus amigos lo odiaban por eso.
Era uno de los pocos tipos que alguna vez conocí, que fuera capaz de lograr que las mujeres se acercaran a él y realizaran la cacería; él era sólo un indefenso cachorrito acechado por las leonas... yo también supe odiarlo por eso, pero ya no, resultamos grandes amigos (aunque ésa es otra historia).
Decía, le sonrió y fue infalible; ella cruzó el bar, casi deslizándose, como si fuera etérea, como si fuera de otro mundo, y él sólo tragó saliva.
-"¿Te molesta?" - preguntó mientras tomaba el respaldo de una silla.
-"¿Cómo habría de molestarme?" - fue la respuesta que soltó.
-"Te veo que hace rato que estás renegando con ese papel, ¿eres escritor?".
-"No, bah, no seriamente: además, sólo estoy escribiendo una carta".
-"¡Ay, mi chiquito!, no digas ´sólo una carta´; nunca subestimes le poder de una carta". - Recién en ese momento se sentó. Él tuvo suficiente tiempo para examinarla y confirmar su primera impresión: era hermosa.
Su pelo largo, lacio y negro enmarcaba su rostro de una manera perfecta, que él pensó que Dios recién después de crearla pudo por fin descansar.
Sus facciones eran delicadas y preciosas, pero no mostraban sino determinación e invulnerabilidad, como si dos gárgolas la estuvieran custodiando a cada momento.
Y sus ojos... ¿Cuántos habrán fallecido en el intento de conquistarlos? ¿Cuántos habrán intentado descifrarlos? ¿Cuántos sólo habrán intentado?
Con una profundidad soñada miraban como sin necesidad de ver, como si sólo hubiera que contemplarlos.
- "No subestimo el poder de las cartas, ésta es una carta, bah, alguna vez quizás lo será". Él ya no se preocuparía por eso ahora, simplemente seguiría conversando según su partennaire lo indicara.
- "¿Y a quién la envías?" - Tembló al escucharla, porque recién en ese momento, tras el obnubilamiento inicial, se dio cuenta que no era de aquí, tenía tonada española, y eso lo solía volver loco (eso lo tenemos en común con Gastón).
- "Esteee, a un amor pasado, olvidado"... Intentó que sonara natural.
- "¿Cómo puedes haber olvidado algo y escribirle?"
- "Un amor esquivo, dolido" - dudaba al hablar, pero aún así sonaba bien lo que decía. "qué sé yo, a un amor que me ha hecho sufrir..."
- "Pero con esas palabras describes al amor, lisa y llanamente, puede ser tu novia, tu mujer, tu amante o ninguna de ellas". Con desafiante autoridad emitía sus frases; incluso con algo de malicia.
- "Bueno, éste es un amor que difícilmente vaya a comer perdices". Intentaba no sentirse avasallado por su seguridad. "Éste es un amor terminado".
- "¿Y le escribes un broche final?" La malicia con que lanzaba sus sarcasmos era violenta pero formaba parte de su encanto.
- "El final ya lo tuvo, quizás sea el prólogo de la secuela, si no, será sólo una carta..." Logró salir sin heridas de ese primer embate, pero faltaría mucho más.
- "¿Y a quién le escribes?"
- "¿La carta?" buscaba ganar tiempo.
- "La carta y tus escritos, ¿de dónde sacas musas?"
Gastón vio una debilidad y retrucó.
- "La carta a una ex novia, mi musa se presenta generalmente bajo la forma de una hermosa mujer en un bar..." Terminó la frase y tomó un trago casi con displicencia, como brindando consigo mismo.
- "¿Y no te molestan las cursilerías?" Un revés muy veloz encontró para su remate.
- "No me preocupa sonar cursi, me preocupa más sonar grosero".
Se defendía con uñas y dientes, pero naturalmente, la inteligencia de ella lo superaba, cualquier mujer lo haría.
- "Me has intrigado y quería saber quién eras; aparentemente no eres tan tonto, a pesar de ser guapo".
- "Se agradece tan dudoso cumplido, y a riesgo de sonar cursi, debo decir que me parecés muy bella, muy, y recalco el muy".
- "Calma niño, que es temprano, si quieres ver amanecer, espera antes que anochezca".
- "Sí, pero también viceversa".
Ella de reojo vio su reloj y se levantó para irse, dijo adiós y salió.
Él la siguió, dio dos pasos, regresó, tomó sus cosas, le alcanzó el dinero al mozo y se fue.
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